miércoles, abril 08, 2015

Abriendo las alas


"Una noche pasó
volando sobre la ciudad, 
que lucía tan hermosa como el paraíso de Indra,
 y vio a la princesa bailando al compás de un grupo de músicos.
 En cuanto la vio, su corazón se prendó de ella y, 
con una fuerte inhalación,
 la absorbió hasta el interior de su nariz y se la llevó a su morada en los Himalayas"
 
Del cuento de amor de la India "La princesa Sadguna"



El yoga, comentábamos ayer, es un estado de ser. Uno camina hacia su propio equilibrio, y su propio equilibrio es el equilibrio del mundo que te circunda, pues toda interpretación interna cambia, al recorrer ese andar hacia el equilibrio, y con ello el mundo. Por ejemplo, lo que antes era hostil, ahora es dulce o simplemente no es. La perspectiva o comprensión es otra porque uno es otro.

Hay una mutación importante en el mental. Asentada la calma, habitado ya el cuerpo de una respiración suave, la mente es suave y apacible y, con ello, hay mayor claridad y coherencia contigo y con el mundo. A eso se une una serie de cualidades que te van inundando, que nacen de lo íntimo de lo que eres- Una muy hermosa es el amor y, volviendo a la mente, ese progreso en yoga es que vas pasando de una mente que juzga, compite, que enjuicia, a una mente amorosa y comprensiva.


Podríamos decir que en el trabajo postural, una de las bases en nuestra práctica, es sentir las clases de un modo amoroso, el aprender como yoguis y yoguinis el respeto por nosotros mismos, al aprender a ser uno, soberano de su vida, teniendo como eje un sentir que va surgiendo de dicha práctica: un eje, entonces, amoroso, no competitivo ni enjuiciador. Y para ello es vital la práctica, pues la práctica nos enraíza y nos ancla en la realidad de lo que somos, sin intermediarios, sin tanta mente, sin tanta fantasía y artificio.

Ese trabajo interno, constante, lento nos va abriendo. Los órganos, los músculos, la sangre, los huesos van confiando en nosotros porque todos los días con la práctica procuramos ser amigos de ellos, no los forzamos, no los sacamos de sus casillas, simplemente aprendemos a disfrutarlo con un silencio y una calma que nos inunda de dicha, a todo aquello que somos.

Y claro, bajo esta premisa todo se abre, todo se expande, todo se ofrece, todo confía y se va uno reconstruyendo posturalmente, pero, a la vez, internamente y, a la vez, tantas y tantas cosas.

Sí, y van naciendo unas alitas, unas alitas que tienen como eje ese corazón que siente y se expone a la vida, para vivirla, para sentirla, para amarla.

Absorbes la vida a cada instante, y ella te recorre. Tu atención se fortalece de todo ese nuevo mundo que siempre había estado ahí, pero que no veías porque estabas ciego. Simplemente no comprendías. Se fortalece a cada instante de la confianza que te ofrece la vida y allí, en la morada de tu corazón, todo se acoge y todo se comprende.

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