domingo, febrero 18, 2018

El zumbido de las abejas

                                                      



"Todos huyeron envueltos en su egoísmo,
y sólo quedamos el dragón y yo.
Su fuego me invita a la comprensión,
nace la fortaleza ante tanta debilidad,
mi corazón se abre y se abre,
y en mí vivo y observo,
con una calma inconmensurable
que me muestra la flor, la semilla,
el tallo y el color. Tanto color
por más que queme el fuego,
el dolor del egoísmo.
El amor brota sin escondites,
sin recovecos, en la realidad
de lo que es, pues soy amor,
y eso ni el dragón ni ningún humano
lo exterminará".

A lo largo de este último año pocas veces he podido volver al campo. Me apenó mucho ceder a las burras a un amigo pero la realidad es la realidad, y ahí no cabe negociación. Y la enfermedad me impedía atenderlas y compartirnos.

Las añoro. Tantos años juntos, "hermanados". A mí me gustaba comunicarme con ellas, teníamos nuestros propios códigos de amor entre ruidos, gruñiditos, gestos y miradas, nos hablábamos en lealtad. La convivencia a lo largo de casi media vida con la naturaleza me ayudó a comprender mucho de comunicarse la propia naturaleza con ella misma, y ella conmigo, entre nosotros.

Los árboles hablan, las flores también, el cielo, el olor, la luz, la tierra: todo expresa, y entiendo que es la sensibilidad y sutilidad de la percepción lo que nos permite expresarnos entre iguales con el corazón en la mano.

Me comunicaba con las tres burras, me comunico con Prana, el perro, y con el bosque que ahora se reparte alrededor de la casa donde viví tantos años. Antes sólo había piedra. y con mis manos regué mi alma, todos juntos; allí la tierra y el cielo, el sol se expresaban sin mentiras, a pecho desnudo.

Acabó un ciclo, ahora vivo otro. No me pierdo en la añoranza, y a mi corazón traigo la sinceridad de mi expresión de lo que soy, su transparencia. Mi yoga nació ahí, mi viaje nació y se expandió desde Beas, desde un rincón de la campiña de Huelva. Suena raro, pero el mundo humano jamás me ha enseñado tanto, ni unos valores tan íntimos, honestos y reales como todos esos años rodeado de animales, viviendo como un salvaje, y sólo bajando a Huelva a las clases de yoga, a que se conociera el yoga en Huelva.

Fui, entonces, el otro día al campo, tanto tiempo sin ir.

Me asombraron las flores, los colores, todo lleno, cada rincón. Asilvestrado en su propia creatividad, y sin las burras pastando, me costó hasta llegar al núcleo, a la casa, por la altura de las hierbas y las flores.

El canto de los pájaros era tan hermoso, tan progresivo, tan libre. De todas las direcciones surgían cantos. Me sentí inmensamente afortunado. En el silencio de lo que me hace feliz, ahí oyéndome en dicha y oyendo el campo, sintiendo reconocerme en aquello que soy, de la tierra de donde vengo, y a donde iré.

Llevo algunos meses trabajando internamente el ir deshaciendo lo que considero densidades dentro de mí. La casa de campo acumula vidas, y en cada visita voy dejándola más ligera, vaciándola, y regalando parte de aquello que ha ido apareciendo en lo que considero mis muchas vidas.

Tras pasar unas horas con la transformación interna de la casa hacia una vibración más ligera, salí al barroquismo de la creatividad natural, y fui andando entre las hierbas, flores y árboles.

Un zumbido de fondo me iba calando entre tanta tonalidad verde, blanca, amarilla, lila de las flores. Presté una mayor atención: entre las flores danzaban las abejas de una flor a otra, bailando la vida.

Volví a sentirme inmensamente dichoso, mucho, pues las abejas están desapareciendo, no somos conscientes, pero es así, y ahora, su danza, su música componían algo único.

Me imbuí en el zumbido de fondo, era un zumbido que expresaba vida, alegría, amor y valentía de ser y cantar.

Ahora, en este momento, el bello zumbido de las abejas vive en mi corazón como expresión dulce de lo que soy en comunión conmigo, y de la alegría de las abejas, de la mirada límpida del Prana, de la lealtad salvaje de las burras, de los colores de la tierra, del canto de las aves, del silencio de ser Carlos sin más, pues nada me hace falta. Agradecido, no quiero nada, tampoco lo busco. Todo está. Todo en su belleza es.


Ayer tarde volví con mi hija Alba al campo para que oyera el zumbido de las abejas, el zumbido que nos acompaña, y ella en su inocencia comprende, y su comprensión me colma.



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